29 de octubre de 2012

'¿Qué hago yo aquí?', de Bruce Chatwin


"Cuéntele historias al jovendijo doña Lucerina—. Quiere oír historias".

Con las pupilas dilatadas. Así termino la lectura de ¿Qué hago yo aquí?, obra póstuma que el viajero, escritor y novelista británico, Bruce Chatwin, nos dejó como una ventana abierta a su mundo. Un interesante e instructivo espectáculo narrativo en el que se percibe el sesgo irresistible, propio de quien demuestra una técnica impecable.

Déjenme aclarar que no es ésta una compilación de páginas ordinaria, sino una fértil llanura cuajada de un grupo heterogéneo de relatos, brillantemente coloreados en un mar de objetos de recuerdo, extractos de su paso por varias publicaciones. 

Confieso que produce una extraña y atractiva impresión comenzar a leer por donde a uno le plazca, pues el orden no afectará al resultado. No importa si decides embadurnarte de las crónicas que acompañan a sus textos referidos a los Viajes, a las Gentes y luego te dejas llevar por los Relatos del mundo del arte, los Extraños encuentros, para terminar sorbiendo cada palabra con China y el Escrito para familia y amigos. 

El autor, Bruce Chatwin, en una foto de archivo. Fuente: Google.

Todos, sin excepción, tienen la fragancia de una prosa lúcida, azotada por ráfagas de gran sensibilidad que denotan su poder de observación avezado, de aforística brillantez. En ellos Chatwin no aparta la vista, ni tampoco el resto de los sentidos; se sirve de éstos como una atalaya desde donde los exprime y apoya la voz.

La lectura, recuerden, se presenta episódica y fragmentada, pero sobre todo, y lo que resulta más interesante, es su arquitectura de corte anárquica, desprovista de molde fruto de un genuino cazador de historias.

26 de octubre de 2012

Flaherty y el documental etnográfico


Corría el año 1939 cuando el cineasta Robert Flaherty (1884-1951), considerado padre fundador del género documental, escribía estas palabras en un artículo titulado La función del documental.

Flaherty en su estudio y su mujer F. Hubbard. Fuente: Google.
"Nunca como hoy el mundo ha tenido una necesidad mayor de promover la mutua comprensión entre los pueblos. El camino más rápido, más seguro, para conseguir este fin es ofrecer al hombre en general, al llamado hombre de la calle, la posibilidad de enterarse de los problemas que agobian a sus semejantes. Una vez que nuestro hombre de la calle haya lanzado una mirada concreta a las condiciones de vida de sus hermanos de allende fronteras, a sus luchas cotidianas por la vida con los fracasos y las victorias que las acompañan, empezará a darse cuenta tanto de la unidad como de la variedad de la naturaleza humana y a comprender que el "extranjero", sea cual fuere su apariencia externa, no es tan sólo un ‘extranjero', sino un individuo  que alimenta sus mismas exigencias y sus mismos deseos, un individuo, en última instancia, digno de simpatía y de consideración. El cine resulta particularmente indicado para colaborar en esta gran obra vital".

El relato y la escena viva amanecían a comienzos del siglo pasado, en un horizonte proyectado en la exploración del mundo lejano. Una nueva expresión para contar historias surgía de la importancia del cine como medio de transmisión de culturas. 

Cartel del la película. Fuente: Google.
"La finalidad del documental, tal como yo la entiendo, es representar la vida bajo la forma en que se vive", prosigue Flaherty. Una definición que llevaría a cabo en 1922 con su primer documental de largometraje Nanook of the North, considerada la primera película en la historia del cine documental. El valor antropológico se exhibe en el relato visual y la mirada, fruto del trabajo y la reflexión del documentalista.


"No me propongo hacer películas sobre lo que el hombre blanco ha hecho de los pueblos primitivos. Lo que deseo mostrar es el antiguo carácter majestuoso de estas personas mientras ello sea posible, antes de que el hombre blanco destruya no sólo su carácter sino también el pueblo mismo. El vivo deseo que tenía de hacer Nanook se debía a mi estima por esa gente, a la admiración por ella; yo deseaba contarles a los demás algo sobre ese pueblo", matiza.

Captar el espíritu de la realidad observada se convirtió así en su leitmotiv, en una declarada voluntad por ampliar el conocimiento geográfico, antropológico y etnográfico, mediante un lenguaje audiovisual, dando lugar a un primer cine de viajes. Una impresión duradera, de gran interés por su autenticidad que animaría a otros a seguir su estela.

Enlaces a su obra:

24 de octubre de 2012

El misterio del Quipú


Si en la pasada entrada atendíamos al imaginario que comporta la cosmovisión del continente africano expresada en el animismo, nuestra siguiente parada, auspiciada por José-María Perceval, nos lleva hasta América.

Un territorio de monumentales dimensiones, en una extensión que supera los cuarenta millones de kilómetros cuadrados, el único continente que se extiende prácticamente desde el Polo Norte hasta el Polo Sur, atravesando el planeta.

En esta superficie mestiza, dominada por la etnia del conquistador nómada, nos encontramos con una tierra fértil para el desarrollo de numerosas y diversas civilizaciones y culturas. Nos detenemos, sin embargo, en la cultura mesoamericana y, concretamente, en la América precolombina de la mano de los Incas. Os preguntaréis ¿y por qué esta civilización y no otras como los Tiahuanaco, los Huari o los Nazca? Por la escritura secreta que aguarda el misterio del quipú.

Ejemplar recuperado y conservado. Fuente: Google Image Search.
El quipú ("nudo" en quechua) es un sistema mnemotécnico de trenzado mediante colores, hilos y nudos, hechos de lana y algodón. Algunos antropólogos, como el profesor Gary Urton, de la Universidad de Harvard, sostienen, tras más de cuatro décadas de estudio, que los fabricantes de quipú, los quipucamayos encargados de anudar, interpretar y transmitir, utilizaron esta suerte de sistema binario matemático como una herramienta de contabilidad, similar a los ábacos árabes o chinos. A esta suposición, hay quienes aseveran como Urton una funcionalidad adicional, la del relato.

En su obra Signs of the Inka Khipu, el antropólogo norteamericano señala que las combinaciones posibles arrojan más de mil quinientos caracteres anudados. Unos nudos que, si bien, representan palabras o incluso mitos. Un dato que, sin duda, refleja la gran capacidad memorística de quienes dominaban el arte del quipú.

Hoy en día apenas contamos con ejemplares, la mayoría relegados en vitrinas de museos esparcidos entre Perú, Chile, Estados Unidos y Alemania, principalmente. Su misterio, continúa, alimentando el interés de académicos y aficionados que se afanan por identificar un patrón que les permita descubrir esta, por ahora supuesta, lengua perdida de los incas.

Para saber más: 
 

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